Por Daniela Bustos
14 enero, 2015

Ves el mundo, pruebas cosas nuevas, conoces personas, te enamoras, visitas lugares increíbles, aprendes sobre otras culturas y luego todo se acaba. Las personas siempre hablan de viajar hacia algún lado ¿Pero qué pasa cuando hay que regresar?

Hablamos de las cosas duras cuando estamos lejos: encontrar empleo, hacer amigos reales, estar seguro, aprender las normas sociales, confiar en las personas equivocadas. Pero todos esos puntos bajos son eliminados por los momentos buenos de tu experiencia. Las despedidas son difíciles pero sabes que deben venir, especialmente cuando das el paso final de comprar tu boleto de regreso a casa. Todas estas tristes despedidas son apaciguadas por las reunión con tu familia y amigos que has imaginado desde que te fuiste.

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Entonces vuelves a casa, tienes tus reuniones, pasas tus primeras dos semanas viendo a tu familia y amigos, actualizándose, contando historias, recordando, etc. Las primeras semanas eres una estrella de Hollywood y todo es nuevo y emocionante. Y después… todo simplemente se desvanece. Todos se acostumbran a tenerte de vuelta en casa, ya no eres el nuevo objeto brillante y comienzan a llegar esas preguntas: ¿Ya encontraste empleo? ¿Cuál es tu plan? ¿Estás saliendo con alguien? ¿Estás preparándote para tu jubilación? (Ok, quizás esa última fue un poco dramática de mi parte.)

Pero la parte triste es que una vez que ya hiciste todas tus visitas obligatorias luego de estar un año ausente, te sientas en tu habitación de infancia y te das cuenta de que nada ha cambiado. Estás feliz de que todos sean felices y que tengan salud y, sí, de que tengan nuevos empleos, novios, compromisos, etc. Pero parte de ti grita ‘¡¿Cómo no se dan cuenta de lo mucho que he cambiado?!’ Y no me refiero a tu cabellera, vestimenta o nada que tenga que ver con la apariencia. Me refiero a lo que pasa dentro de tu cabeza. La forma en que tus sueños han cambiado, la forma diferente en que ahora percibes a las personas, los hábitos que perdiste y que no extrañas, las nuevas cosas que ahora son importante para ti. Quieres que todos reconozcan esto y quieres compartirlo y discutirlo, pero no hay forma de describir la forma en que evoluciona tu espíritu cuando dejas todo lo que conoces detrás y te obligas a usar tu cerebro a su capacidad real, no en una prueba escrita en la escuela. Sabes que piensas diferente porque lo vives a cada segundo, cada día, dentro de tu mente ¿Pero cómo comunicárselo a otros?

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Te sientes enojado. Te sientes perdido. Tienes momentos en los que sientes que nada valió la pena porque nada ha cambiado, pero luego sientes que es la única cosa importante que has hecho porque cambió todo ¿Cuál es la solución para este lado del viajar? Es como aprender un idioma extranjero que nadie de los que te rodea puede hablar, por lo que no hay forma de hacerles saber cómo te sientes en realidad.

Es por esto que una vez que has viajado por primera vez, lo único que quieres hacer es viajar de nuevo. Le llaman “el bicho del viaje”, pero realmente es el esfuerzo de volver a un lugar donde estás rodeado personas que hablan tu mismo idioma. No es inglés, español, mandarín o portugués, sino que es el idioma donde el resto sabe lo que es abandonar un lugar, cambiar, crecer, experimentar, aprender y luego volver a casa, donde te sientes más perdido en tu ciudad que en cualquier lugar nuevo que hayas visitado.

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Esta es la parte más dura sobre viajar y es la razón por la cual todos seguimos escapando.

Visto en ThoughtCatalog.

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